Queman el ayuntamiento de Limoges y buscan culpables
Un hombre de 34 años fue detenido por el incendio que redujo a cenizas el ayuntamiento de Limoges. El edificio del siglo XIX ardió el sábado, la cubierta se vino abajo y el campanario se desplomó en directo para las televisiones de medio mundo. La detención se produjo de madrugada en Val-d’Issoire, en Haute-Vienne, y una fuente cercana al caso ya lo coloca en la ultraizquierda.
El ministro de Justicia, Gérald Darmanin, dijo que el sospechoso está en custodia policial y que podría no haber actuado solo. Ahí se acaba lo que el gobierno sabe y empieza lo que le conviene contar. Porque las protestas no empezaron con un comando organizado, sino con padres y vecinos hartos del estado de las escuelas en los suburbios del norte de París.
De ahí a los disturbios más graves en décadas hubo un paso. El sábado murió un manifestante en París, víctima de un paro cardiaco, y el domingo grupos pequeños quemaron contenedores y bicicletas y saquearon comercios en París, Lyon y Marsella. El primer ministro francés achacó la calma relativa de la noche a los toques de queda. El orden se recupera encerrando a la gente, no arreglando lo que la sacó a la calle.
El fuego no se quedó en Francia. Hubo disturbios en ciudades del norte de Italia, con Milán a la cabeza, protestas en Portugal y enfrentamientos en Albania, donde los manifestantes incendiaron edificios públicos y bancos. Meloni anunció medidas de seguridad contra menores y Roma enviará 500 soldados más a Milán antes de la manifestación del sábado. Trump, sin perder la costumbre, culpó a la inmigración.
Moraleja: cuando la gente se cansa de que le arreglen el colegio con promesas, termina arreglándolo con fuego. La clase política prefiere etiquetar al que prende la mecha antes que preguntarse quién apiló la leña.

