Latam

Cae una cruz, muere un cura y la ambulancia no llega

Una cruz de madera se desprendió de la pared y mató al párroco en plena misa. Patricio Alfredo Sánchez Molinari, de 53 años, celebraba la eucaristía en la iglesia Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, en el centro sur de Guayaquil, cuando la estructura que estaba detrás del altar le cayó encima. La escena quedó grabada porque la misa se transmitía en vivo por Facebook.

Las imágenes muestran el momento exacto: la cruz se suelta de lo alto de la pared, golpea la cabeza del sacerdote y él cae al suelo ante los fieles. Se escuchan gritos, gente que lo llama por su nombre y mujeres pidiendo a voces una ambulancia. Minutos antes, según recogieron varios testigos, Sánchez Molinari había dicho algo que después heló la sangre: “un día todos los que estamos aquí vamos a morir”.

Una feligresa contó que la ambulancia tardó cerca de media hora en aparecer, cuando el hombre ya estaba muerto. La Arquidiócesis de Guayaquil confirmó el fallecimiento con un comunicado firmado por el cardenal Luis Gerardo Cabrera Herrera, y expresó su solidaridad con la comunidad redentorista y con la familia. Del resto, nada.

Porque aquí está lo que nadie respondió. No se explicó por qué la cruz se desprendió, ni cuánto pesaba, ni qué sistema la sujetaba a la pared, ni cuándo se revisó por última vez. La parroquia lleva desde 1866 en manos de la Congregación del Santísimo Redentor, una orden fundada en 1732. Siglo y medio de historia y ni un tornillo auditado a la vista.

Es la misma lógica del resto del continente. La iglesia pide fe, el Estado pide paciencia y la ambulancia llega cuando llega. Entre el púlpito y la ventanilla, el ciudadano común aparece siempre al final de la fila.

Moraleja: un cura murió delante de cientos de personas y las instituciones ni siquiera pudieron explicar qué pasó con una tabla clavada en una pared. En Latinoamérica, la burocracia y el púlpito compiten por ver quién protege menos.