El rey pide perdón sin pagar la cuenta
Cincuenta y seis países y 2.700 millones de personas escucharán esta semana al rey Carlos III hablar de esclavitud con “honestidad sin reservas” y “dolor sincero”. La frase la ha soltado el Palacio de Buckingham antes de la cumbre de la Commonwealth en Antigua, y suena a algo que ya hemos oído: pesar, arrepentimiento y reconocimiento de los “aspectos más vergonzosos del pasado”. Todo menos una cosa.
Porque el rey va a hablar como jefe de la Commonwealth, no como monarca británico. Ahí está el truco. Buckingham insiste en que la política del Reino Unido no es asunto suyo y que el perdón formal, si llega, lo tiene que dar el gobierno. Así se puede llorar el pasado sin firmar un cheque.
El primer ministro británico, Andy Burnham, anunció el sábado que está dispuesto, por primera vez, a hablar de una disculpa oficial del Estado. La respuesta del Caribe fue inmediata y educada: bienvenida sea, pero con la disculpa llega la reparación y ahí seguimos sin acuerdo. La barbadense Mia Mottley lo dijo sin rodeos: en materia de compensaciones, las posturas siguen lejos.
El primer ministro de Bahamas, Philip Davis, recordó lo obvio. La riqueza generada con el trabajo esclavo construyó buena parte de la economía británica, mientras dejaba secuelas sociales e institucionales que la región todavía arrastra. Antigua pide que el reconocimiento pase a algo más que palabras. Nadie espera que el Palacio de Buckingham abra la cartera.
Entre tanto, el rey ha vivido protestas en Bahamas y Guyana, pequeñas y silenciadas frente a las multitudes que lo reciben. Carteles que piden reparación frente a una monarquía que lleva tres siglos perfeccionando el gesto. El imperio se fue, pero la contabilidad sigue intacta.

