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Europa vuelve a perder el tren, ahora el de la IA

Europa repite el error de internet y esta vez el tren que pierde es el de la inteligencia artificial. Lo dice Louis Mosley, jefe de Palantir para el Reino Unido y Europa, en una entrevista con CoinDesk. Su diagnóstico es simple: cuando Estados Unidos acertó con internet y levantó decenas de gigantes, Europa se quedó mirando. El único gran campeón europeo de aquella ola tech fue ASML, y eso lo dice todo.

Los números lo confirman. Hace veinte años Europa y Estados Unidos tenían un PIB per cápita comparable, mercados de capital parecidos y empresas del mismo tamaño. Desde entonces, Estados Unidos compuso crecimiento año tras año y Europa apenas se movió. La brecha no la abrió un mal año. La abrió una cultura de esperar a ver qué pasa.

Y esa cultura sigue viva. Según Mosley, las empresas europeas responden a la IA con el mismo reflejo de siempre: esto es nuevo, esto es riesgoso, mejor espero. Mientras tanto, las compañías americanas ya están metiendo modelos en hospitales, fábricas y defensa sin pedir permiso a nadie. La diferencia no es tecnológica. Es de actitud.

Palantir se enfrenta en Europa a una campaña política feroz. Sus contratos con la administración de Trump, con el ejército israelí y con el sistema de salud británico tienen a medio continente revolucionado. Mosley lo llama distracción, y no le falta razón. Pregunta al canto: ¿de verdad le dirías a un paciente que espere más por una operación de cadera porque un proveedor tecnológico tiene contratos en el extranjero que no te gustan?

Conviene recordar lo que pasó con los mineros de bitcoin. Cuando el bitcoin se puso de moda, los atacaron por gastar demasiada electricidad. Hoy muchos de esos mineros se pasaron a la computación de alto rendimiento para la IA y reciben exactamente las mismas críticas. El patrón no cambia: primero se ataca la tecnología, después se descubre que sin ella no hay nada.

La mayor amenaza para la IA no es China ni el apagón. Es que los políticos no saben explicar para qué sirve. Y mientras Europa discute si atreverse, alguien del otro lado del Atlántico ya lo hizo y está cobrando. Perder dos trenes seguidos deja de ser mala suerte y empieza a parecer vocación.