Allanan la casa de Ilhan Omar antes del voto
Agentes de Homeland Security Investigations entraron este lunes en la casa de la congresista Ilhan Omar en Washington, con una orden judicial aprobada por el Departamento de Justicia. La investigación, según una fuente citada por Reuters, apunta a un presunto fraude migratorio relacionado con papeleo que rellenó su padre cuando ella era niña. Omar no ha sido acusada de ningún delito.
Faltaban tres semanas para las elecciones de medio mandato cuando los agentes salieron de la vivienda. Eso es lo único que hace falta saber para entender el ruido. Omar lo dijo sin rodeos: es un intento de perseguir a enemigos políticos y usar la ley federal como arma. No me van a silenciar, escribió. Tim Walz y Hakeem Jeffries salieron a condenarlo como abuso de poder.
Aquí conviene no hacerle el juego a nadie. Trump lleva años insultando a Omar, y que ahora la justicia aterrice en su puerta justo antes de votar huele a montaje. Pero tampoco hay que fingir que la congresista es una santa sin causas pendientes. Las dos cosas pueden ser verdad a la vez. El Estado apunta a sus críticos y el crítico puede tener algo que explicar.
Lo que da asco es el mecanismo, no el nombre. Da igual qué partido lo accione: cuando la maquinaria federal se convierte en ariete electoral, el ciudadano de a pie es el siguiente en la lista. Hoy allanan a una congresista con abogados y cámara delante. Mañana le toca a alguien sin abogados ni cámara.
La regla que se rompe no protege a Omar. Protege a cualquiera que alguna vez esté del lado equivocado del que manda. Y esa regla lleva rota bastante tiempo. Solo que ahora se ve en televisión.

