Libertad

Tu apellido vale un pasaporte

Armenia te da la nacionalidad solo con probar que llevas su sangre, sin pedirte un día de residencia. Italia cerró la puerta el año pasado cortando el derecho en los abuelos, y el mercado de la ciudadanía por descendencia empezó a buscar por dónde colarse. Lo que encontró está fuera de Europa, y en varios casos es más generoso que el propio modelo europeo.

El patrón que domina en América Latina es el registro, no la sangre infinita. México inscribe en sus consulados a los hijos de mexicanos nacidos fuera, y desde la reforma constitucional de 2021 un padre que ya es mexicano por registro transmite la nacionalidad a la siguiente generación. Brasil lo mete en el artículo 12 de su Constitución, Colombia en el 96 y Perú en el 52, que desde 2018 permite registrarse a cualquier edad y no solo siendo menor.

Chile juega en otra liga. Desde 2005 su artículo 10 reconoce como chilenos a los nacidos fuera con un solo abuelo chileno, sin exigir que el padre haya vivido un año en el país. Es la única ruta latinoamericana que llega al nieto por ley, y cada vez más estadounidenses de segunda generación empiezan a rebuscar partidas de nacimiento en el fondo de un cajón.

Argentina prefiere que el hijo de argentino nativo elija, con un trámite consular o directamente en Buenos Aires, que suele ir más rápido que el consulado. El país que más ensanchó el camino fuera de Europa fue Canadá, cuya ley Bill C-3, vigente desde diciembre de 2025, extiende la ciudadanía a la segunda generación y más allá. Armenia es el caso extremo: basta con demostrar origen, casi siempre una partida de bautismo sellada, aunque un borrador de ley quiere añadir dos años de residencia a partir de 2028. En 2025 presentó 32.000 solicitudes, la mayoría de armenios rusos.

El mensaje es sencillo. Mientras Bruselas y medio Occidente levantan muros, tu abuelo sigue siendo un activo que ningún burócrata puede confiscar. Quédate con el apellido: es lo más parecido a un plan B que vas a encontrar gratis.