Un menor ataca la embajada de Israel en Belgrado
Un menor con dos cuchillos atacó a la guardia de la embajada de Israel en Belgrado y murió de un tiro. El asalto fue quince minutos después de la medianoche del miércoles. El agresor gritó “Allahu Akbar” y lanzó una de las hojas al rostro del gendarme, que respondió disparando a corta distancia. El policía solo sufrió un corte en la cara.
El ministro del Interior serbio, Ivica Dačić, lo llamó terrorismo sin vueltas y subió la alerta antiterrorista al nivel rojo, el máximo. Eso significa controles más estrictos y más policías en infraestructuras críticas y en los lugares donde se junta gente. El atacante era un ciudadano serbio menor de edad, vecino de la localidad de Šabac, y ya estaba bajo vigilancia porque las agencias lo tenían fichado como simpatizante del Estado Islámico.
No lo ficharon por una corazonada. Según Dačić, el chico exhibía la bandera negra del Estado Islámico en su perfil de Instagram. Es decir, las autoridades sabían quién era y aun así tuvo tiempo de armarse, caminar hasta la embajada y atacar a un guardia. La vigilancia funcionó después del cuchillo, no antes.
Israel confirmó el intento de ataque y aclaró que ningún empleado resultó herido porque la sede estaba cerrada a esa hora. Es el segundo asalto contra la misma embajada en menos de tres años: en junio de 2024 un hombre armado con una ballesta le dio un flechazo en el cuello a un policía antes de ser abatido. El patrón se repite y Belgrado se acostumbra.
La escena encaja con lo que viene repitiéndose en Europa: lobos solitarios, menores radicalizados por internet y objetivos diplomáticos que sirven de vidriera. El Estado puede monitorear un perfil todo lo que quiera, pero el hueco real es el mismo de siempre, entre saber algo y hacer algo a tiempo. Un policía con reflejos evitó lo peor. Eso no es un sistema de seguridad, es suerte.

