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Los centros de datos te roban la consola

1.399,99 dólares por una PlayStation 5 Pro usada. Eso es lo que pide GameStop por un modelo de segunda mano, medio millar por encima de su precio oficial. No es una errata ni una broma de mal gusto: es el mercado funcionando sin frenos mientras Sony no consigue fabricar consolas suficientes.

La culpa tiene nombre y apellido, y no es el de un fabricante de videojuegos. Los centros de datos que alimentan la fiebre de la inteligencia artificial están devorando la memoria de alto rendimiento, la misma que necesitan las consolas para mover gráficos a 60 fotogramas por segundo. Un informe de JP Morgan de agosto calculaba que el precio de la memoria DRAM subirá un 400 por ciento en todo el mundo desde que la PS5 Pro salió al mercado en 2024.

Sony ya subió el precio oficial 200 dólares y ahora la lista a 899,99. Best Buy la vende por encima de los 1.500 y Walmart ofrece cajas abiertas a 1.200, con eBay rondando los 1.100 de media. La consola más potente del mercado se ha convertido en un artículo de lujo por una razón que no tiene nada que ver con los videojuegos.

Memos internos filtrados por la prensa alemana hablan de escasez hasta principios de 2027 como mínimo, y algunos ya pronostican que la crisis de memoria dure hasta 2030. El índice de precios de software y accesorios informáticos subió un 31 por ciento en septiembre, y la propia PS5 está un 30 por ciento más cara que hace dos años. Este mes, la venta de hardware de videojuegos tocó su punto más bajo en trece años.

Y no, la GTA VI no justifica pagar el doble por un cacharro usado. Lo que justifica el atraco es la misma industria que te vende el futuro y luego te cobra los enchufes. La próxima vez que alguien te diga que la IA democratiza el acceso, pregúntale cuánto cuesta una consola.