La impresora de 170 dólares que renta
Una impresora 3D de entrada cuesta desde 170 dólares y un kilo de filamento ronda los 20. Si ese kilo sirve para imprimir cincuenta piezas que en la tienda se venden a diez dólares cada una, la cuenta se cierra sola. No es magia ni tecnología de la NASA: es plástico calentado y empujado por una boquilla, exactamente lo mismo que hacen las impresoras de la Estación Espacial Internacional, solo que en el salón de casa.
El truco está en elegir bien el hobby. Un dron que se estrelló necesita soportes de cámara, protectores de antena y brazos que se rompen cada dos por tres. En una tienda esos repuestos van de los diez a los cuarenta dólares y tardan días en llegar. En casa salen por céntimos y en una tarde. Nadie debería imprimir una hélice para un dron caro sin validar antes el material y la resistencia, pero para todo lo demás el ahorro es de manual.
Lo mismo pasa en el garaje o en el huerto. El mecánico y el jardinero viven cambiando piezas pequeñas: clips, soportes, conectores, señales para la tierra y macetas. Muchas se venden en lotes más grandes de lo que uno necesita o a precio de artículo especializado precisamente porque nadie las fabrica en masa. Ahí la impresora deja de ser un capricho y se convierte en herramienta de trabajo.
El mensaje que no le gusta a nadie: buena parte de lo que compramos a precio de oro se puede fabricar en casa por dos duros. La industria vive de que usted no tenga la máquina. Ahora la tiene, y por menos de lo que cuesta un móvil de gama media.

