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Las gafas inteligentes que empeoraron al mejorar

599 dólares por las gafas y 249 más por el anillo que sirve para manejarlas. Ese es el precio de las Even Realities G2, la segunda generación de unas gafas que el año pasado parecían lo mejor de su categoría y que ahora resultan más difíciles de usar que las originales.

La idea es buena: dos prismas en las lentes te proyectan avisos, titulares y direcciones en el campo de visión, sin cámara frontal que espíe a nadie. Traducen en tiempo real, sirven de teleprónter y hasta sirven para hablar con un asistente de IA. Sobre el papel, es una alternativa seria al reloj inteligente.

El problema no está en el hardware. Las G2 son más ligeras, la resolución sube de 640×200 a 640×350, la frecuencia de refresco pasa de 20 a 60 hercios y la batería aguanta más. Incluso sobreviven a la lluvia, algo que las anteriores no tenían garantizado.

El desastre empieza con los controles. Los fabricantes han metido un táctil en la parte de atrás de las patillas, detrás de las orejas, y ahí cada gesto se convierte en una lotería. Un deslizamiento se registra como un toque, un toque como un deslizamiento, y tú acabas moviendo la cabeza como un sonámbulo en público. El anillo de 249 dólares no arregla nada: añade otra superficie táctil que hay que aprender y cuatro días de batería que nadie pidió.

Lo más revelador es que la marca ha dejado de vender las G1, las que funcionaban. Cambia lo que iba bien por lo que suena a novedad y te lo cobra más caro. El comprador paga el experimento de unos ingenieros que todavía no saben cómo meter veinte funciones en algo que llevas puesto en la cara.

Si tienes el dinero y ganas de pelear con el mando, adelante. Si no, espera a la próxima generación. A este paso, será la que por fin se deje usar sin rezar.