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El chantaje europeo para salvar a Rama

Albania lleva seis días de disturbios y su primer ministro responde con el caramelo europeo. Edi Rama no piensa renunciar. Dijo que lo que está en juego no es su gobierno sino el camino del país hacia la Unión Europea, y que los albaneses tendrían que pensar bien qué quieren: esto, aquello o el club de Bruselas.

Las protestas empezaron por un proyecto de lujo del yerno de Trump, Jared Kushner, en la laguna de Narta. Los grupos ambientales avisaron que el complejo amenaza los humedales de las aves migratorias, y el descontento encontró la mecha. De ahí saltó a las tasas universitarias, la falta de empleo, unas aulas en ruinas y la corrupción que los estudiantes le achacan al gobierno socialista. Las marchas, lideradas por jóvenes, se extendieron de Tirana a Durres y Shkoder.

Las últimas noches ardió todo lo que se podía quemar: edificios públicos, bancos, autos. Los adoquines y los bolardos volaron contra la policía, que contestó con gases lacrimógenos, cañones de agua y porras. En Tirana se veía gente con mascarillas y frascos de suero para calmar el ardor de los ojos. Es el desafío más grande que enfrenta Rama desde que su partido llegó al poder en 2013.

El primer ministro eligió Facebook para hablar. Ahí dijo que no lo desafían a él, ni al gobierno, ni a la mayoría que ganó las elecciones, sino a una misión. Traducido: quien protesta no está enojado con el poder, está enojado con el futuro.

Es un argumento viejo y conocido. Cuando un gobierno se queda sin respuestas, saca el pasaporte europeo de la manga y lo pone sobre la mesa como moneda de cambio. La UE, que lleva años usando la adhesión como correa, se presta al juego con gusto. Mientras tanto, los estudiantes que quemaron un banco siguen esperando que alguien les explique qué va a pasar con sus universidades.

La pregunta no es si Rama aguanta la semana. La pregunta es cuánto tiempo más se puede gobernar un país con la promesa de algo que todavía no existe.