Libertad

Comprar un piso ya no compra el pasaporte

Grecia y Panamá han empezado a mover las reglas de sus golden visas inmobiliarias. En Grecia, el principal partido de la oposición propone sacar la compra de vivienda del programa y sustituirla por una Angel Visa atada a inversión empresarial. En Panamá, un decreto de septiembre subió el mínimo para pisos de segunda mano a 500.000 dólares, aunque deja en 300.000 la compra de obra nueva al promotor.

El debate lleva años polarizado. Unos dicen que estos programas traen capital, sostienen la construcción y mueven la economía. Otros dicen que encarecen la vivienda para el de al lado. Los dos tienen parte de razón, y ninguno de los dos admite lo obvio: el problema no es cuánto gasta el inversor, es quién decide cada año cuánto vale ese gasto.

La idea que empuja Grecia tiene su lógica. Un piso de 800.000 euros comprado a otro particular solo cambia de dueño. El mismo dinero puesto en obra nueva levanta viviendas y paga sueldos. El texto habla de adicionalidad, que es una palabra elegante para una verdad simple: invertir no es lo mismo que especular.

Pero el fondo del asunto es otro. La golden visa no es un derecho de residencia, es un peaje que Bruselas y sus satélites suben cuando les conviene. Hoy te piden 250.000, mañana 500.000, y pasado te dicen que la compra de vivienda ya no cuenta. El inversor no compra libertad. Alquila la condescendencia de un funcionario que puede cambiar de humor el año que viene.

Que un griego o un panameño discutan cómo afinar su peaje no cambia nada para el que busca un plan B. Si tu residencia depende de que un político mantenga su promesa, no tienes residencia. Tienes una apuesta.