Nadie quiere salir en la foto con Lavrov
La foto de familia del G20 quedó cancelada porque el ministro de Exteriores británico, Ed Miliband, y varios colegas europeos se negaron a posar junto al ruso Serguéi Lavrov. Un tercio de los participantes, entre ellos Australia y Canadá, había avisado de que no quería salir en la misma imagen que el diplomático ruso. La cumbre renunció al posado antes de que se convirtiera en un bochorno.
El gobierno británico lo justificó con una frase de manual: “No íbamos a participar en ninguna foto oficial con el ministro ruso”. El polaco Radoslaw Sikorski lo dijo aún más claro desde Atlanta: “No soy el único que no quiere salir fotografiado con Lavrov”. Miliband le lanzó además un mensaje directo al ministro ruso. Todo muy digno, todo muy simbólico.
Lo llamativo es el teatro. Estos mismos gobiernos llevan más de dos años mandando armas, dinero y discursos a una guerra que no van a ganar ni en el campo de batalla ni en una mesa de negociación a la que Rusia sigue sentada. La cumbre del G20 reúne a los que se odian para hacerse la foto de la concordia, y este año ni eso. Se les rompió el decorado.
Mientras los ministros discuten quién se sienta al lado de quién, el ciudadano europeo paga la factura de la energía, la inflación y la deuda que deja el conflicto. En Ucrania se muere gente cada semana y en Bruselas se organizan coreografías para evitar incomodidades en un salón de hotel. La política exterior se ha convertido en un problema de protocolo.
Cancelar una foto no cambia nada. Lavrov sigue en la mesa, la guerra sigue, y los que se negaron a posar volverán a casa a explicar por qué subieron otra vez el impuesto mientras predicaban firmeza desde un atril. Si la firmeza cabía en una foto, llevaban años teniéndola. El problema es que los discursos se aplauden y las cuentas se pagan solas.

