Amazon te cobra el Prime hasta cuando no lo usas
14,99 dólares al mes por haber pedido un cable USB. Ese es el cálculo que hace Amazon cuando el cliente mira la cuenta a fin de mes y descubre que paga más por la suscripción que por lo que compró. La compañía lo sabe y por eso ha montado toda una escalera de descuentos y periodos gratis para que nadie se baje.
El truco de entrada es la prueba de 30 días sin coste, disponible para quien no haya sido Prime antes. El problema es que Amazon pide una tarjeta y renueva solo, así que el usuario que se olvida de cancelar paga al día 31 sin haber decidido nada. No hay un plazo fijo de espera para volver a pedir otra prueba, pero tampoco conviene contar con ella cada temporada de compras.
Para los más jóvenes hay un atajo. Prime for Young Adults regala seis meses a los nuevos miembros de 18 a 24 años y a cualquier estudiante con matrícula, previa prueba de edad o de inscripción. Después, la cuota queda en 7,49 al mes o 69 al año, la mitad de lo que paga un adulto corriente.
Y para quien vive de ayudas públicas existe Prime Access, 6,99 al mes tras un mes de prueba, reservado a beneficiarios de SNAP o Medicaid que cumplan los requisitos de ingresos. Mismos privilegios, precio reducido.
Queda la vía más obvia y la que menos se usa: aprovecharse de la cuenta de otro. Amazon Family permite que el suscriptor comparta envío, ofertas y Prime Video con un segundo adulto que viva en la misma dirección, cada uno con su propio usuario. Hay un peaje de privacidad, porque la empresa exige verificar el domicilio compartido, pero sale gratis.
La moraleja es sencilla. La suscripción es el mejor negocio inventado en este siglo: el cliente paga solo porque se olvida de que paga. Amazon no vende envíos rápidos, vende memoria. Y la memoria del consumidor, como la de los políticos, dura menos que un cargo.

