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Google te vende la pulsera y alquila las funciones

99 dólares por el Fitbit Air y 179 por el nuevo Fitbit Edge. Google volvió a tomar en serio el negocio de las pulseras de fitness después de años coqueteando solo con el Pixel Watch, y lo hizo con dos precios que suenan amables hasta que uno llega al final de la letra chica. La diferencia entre ambos no es un capricho de diseño, es un modelo de negocio.

El Air llegó en mayo como sensor puro, sin pantalla, un rectángulo diminuto que solo tocás para ponerlo, sacarlo o cambiarle la correa. Todo lo demás pasa por la app de Google Health. El Edge, presentado en octubre, agrega una pantalla AMOLED ovalada de 1,34 pulgadas y un botón lateral mecánico, y por eso es más grande y bastante más visible en la muñeca, sobre todo si le activás la pantalla siempre encendida.

Ahí no termina la lista. Solo el Edge trae los sensores eléctricos para hacer electrocardiogramas, un altímetro para medir desniveles y un sensor de luz ambiental que ajusta el brillo. El Air se queda con lo básico. Los dos prometen siete días de batería, aunque el reloj de Google se queda corto cuando la pantalla no se apaga nunca.

Hasta acá, dos productos razonables para quien no quiere gastar cientos de dólares en un smartwatch. El problema aparece cuando uno pretende sacarles todo el jugo, porque hace falta la suscripción a Google Health Premium. Comprás el aparato, claro, pero las funciones buenas te las sigue cobrando todos los meses.

Es la vieja trampa del hardware barato y el software alquilado. El fierro es tuyo el día que lo pagás, pero la inteligencia se queda en la nube y se apaga el día que dejás de pagar. Un negocio redondo para Google, que cambió la venta única por una renta perpetua sobre tu propia muñeca. No vende pulseras: vende suscripciones con una pulsera de regalo.