Juegan a la guerra mirando el punto débil de Rusia
Un grupo de expertos simuló durante tres días una rebelión militar en Kaliningrado y el resultado incomoda a más de uno. La Universidad ISM de Vilnius y el nuevo Baltic International Security Centre montaron tres escenarios de crisis en el enclave ruso entre el 8 y el 10 de octubre, con académicos y ex diplomáticos interpretando a Rusia, a los amotinados y a varios países de la OTAN. La tesis de fondo es tan simple como provocadora: Kaliningrado no es una fortaleza, es el talón de Aquiles de Moscú.
El periodista británico Edward Lucas, fundador del think tank, lo dijo sin rodeos. Mientras medio Occidente ensaya el escenario de siempre, con tanques rusos entrando en los bálticos y una OTAN que mira desde la barrera, él sostiene que eso es un cuento. Kaliningrado, un territorio de casi un millón de rusos separado del país y pegado a Lituania y Polonia, estaría prácticamente vacío de fuerzas: sus sistemas antiaéreos y sus tropas se fueron a Ucrania. El punto débil no está en Moscú, está en ese pedazo de tierra que nadie sabe cómo defender.
El segundo escenario es el que pone los pelos de punta. Un motín militar estalla en el enclave, los sublevados quieren que el Kremlin sea más duro con Occidente, toman el gobernador como rehén y amagan con mandar tanques hacia Lituania. La idea del ejercicio es forzar una guerra que arrastre a toda Rusia detrás. Y en ese juego, dice el guion, es Moscú la que queda contra las cuerdas y necesita ayuda de los mismos a los que amenaza.
Oana Lungescu, que fue portavoz jefe de la OTAN y ejerció de comandante supremo aliado en la simulación, se quedó con una lección. Lo importante es el tiempo: todo llega a la vez, desde direcciones distintas, con información incompleta y decisiones que no admiten pausa. Su conclusión es la de siempre en Bruselas, que hay que actuar rápido y coordinados para disuadir antes de que la crisis se desborde.
El ejercicio tiene su gracia porque lo montan think tanks y universidades, no cuarteles. Se juega a la guerra con expertos, cafés y diapositivas, y se saca la conclusión de que los bálticos ven cosas que Occidente no ve. Puede que tengan razón. Pero conviene recordar que los que diseñan estos escenarios son los mismos que llevan treinta años acertando poco sobre Rusia, y que la próxima crisis real no se decidirá en una sala de seminario con banderitas sobre el mapa.

