El Valle de Texas ya no cree a Trump
Jessica Cantú, madre de seis, votó por Trump en 2024 y hoy ve a su hermano deportado. No es un caso aislado en el Valle del Río Grande, la franja del sur de Texas que linda con Tamaulipas y donde más del 90% de la población es latina. En 2024 Trump ganó los cuatro condados de la zona, algo que ningún republicano lograba desde hacía más de tres décadas.
Le votaron por dos razones que suenan razonables: frenar la frontera y arreglar la economía. En un sitio donde las familias ganan un tercio menos que la media nacional y la pobreza duplica la del país, esas promesas pesaban. Cantú cuenta que se acercó a la política desde la fe, empujada por los pastores evangélicos que repetían desde el púlpito que los republicanos seguían la Biblia. Dos años después dice que se siente usada y traicionada.
El empresario de la construcción Benny Meléndez tampoco esconde su cabreo. Votó por Trump y hoy se arrepiente. Dice que pasó de levantar una casa cada cuatro meses a tardar diez, porque no tiene trabajadores. “En el sur de Texas no existe una sola casa que no haya sido construida por manos inmigrantes”, explica. “Se cerró la frontera, algo que apoyamos, pero vivimos peor”.
Los datos le dan la razón a medias. Texas concentró en julio el equivalente a un tercio de todas las detenciones de ICE en el país, y la mayoría no eran delincuentes con antecedentes. Las redadas dejaron de buscar al peor de lo peor y empezaron a llevarse a gente que iba a trabajar. Eso no es seguridad fronteriza, es otra cosa.
Y aquí está la lección que los dos partidos llevan años evitando. Los latinos del Valle no le votaron a Trump por amor, dice Meléndez, le votaron para castigar a Biden por no arreglar la inmigración. Ahora van a castigar a Trump votando demócrata. Ni uno ni otro les ha ofrecido nada real. Mientras tanto, la frontera sigue siendo el mismo negocio electoral de siempre: una promesa cada cuatro años y una excusa cada cuatro años. El que vive allí sigue pagando la cuenta.

