Libertad

Asia vende lo que Europa ya no deja

Los vendedores de pasaportes se reunieron el 26 y 27 de octubre en el JW Marriott de Hong Kong para hablar de lo de siempre: cómo mover gente rica de un país a otro con la menor fricción posible. La segunda Conferencia Global Citizen de Globevisa juntó a representantes de programas de ciudadanía por inversión de Granada, Naoero, Santa Lucía, Santo Tomé y Príncipe y San Cristóbal y Nieves, todos bajo el lema “Por Asia. Para Asia. Hacia el mundo”. A este negocio se le llama oficialmente movilidad global, y no, no es una leperada: es una industria.

El cuerpo del delito está en la letra pequeña. España acaba de eliminar su visado de inversores. Grecia revisó al alza los umbrales de su Golden Visa. Portugal cambió en 2026 su ley de nacionalidad y dejó a miles de residentes contando otra vez los plazos. Mientras Europa cierra la puerta a los capitales que un día fue a buscar, Asia monta un escaparate de dos días con paneles, socios regionales e inversores individuales mirando la salida.

Globevisa no es un club de esquina. Fundada en Singapur en 2002, presume de más de 50 oficinas en 28 países, más de 800 profesionales y 120.000 clientes atendidos. Henry Fan, su máximo responsable, se presentó en el discurso de apertura como alguien que no ve “meros hitos de escala” en las cifras, sino “una responsabilidad enorme”. Suena bonito hasta que uno recuerda de qué va el negocio: venderle a quien pueda pagarlo el derecho a elegir en qué país le cobran los impuestos.

La parte más divertida es la hipocresía de fondo. El mismo Estado que habla de solidaridad y cohesión decide quién puede cruzar una frontera según cuántos ceros traiga la cuenta. España, Portugal y Grecia abrieron sus puertas, cobraron décadas de dinero fácil y ahora las cierran porque Bruselas levantó la ceja. Y entonces los ricos, que no son tontos, se van al mercado asiático, donde el Hong Kong de 2026 admite sin pudor que su negocio es el dinero en movimiento.

Hay una verdad incómoda en todo esto: la residencia y la ciudadanía son productos, y los Estados que ahora se indignan son los mismos que los pusieron en el catálogo. Si tu pasaporte fuera tan bueno como dicen, no necesitarías una feria para venderlo. Nadie hace congresos para promocionar algo que la gente ya quiere gratis.