Brasil aplaza sus problemas cuatro años
Flávio Bolsonaro dijo que “es imposible reconocer” la victoria de Lula y anunció que pedirá anular la segunda vuelta. El senador y candidato del Partido Liberal se agarró a una decisión judicial: un juez amplió dos horas el horario de votación a petición del propio Lula. Para el opositor, eso rompe la igualdad de la contienda y contamina el resultado.
Voy a pedir la anulación de esas elecciones, declaró ante la prensa, sin más detalle que su intención de llevar el asunto a los tribunales. El argumento es simple: si el árbitro le regala dos horas extra a uno de los dos boxeadores, el combate deja de ser un combate. En un país partido en dos, la excusa perfecta para no aceptar la derrota estaba servida.
Lula ganó y el sistema ya lo da por presidente. Los mandatarios de la región se apresuraron a felicitarlo, y algunos no necesitaron más que un par de líneas para hablar de detener el fascismo. La fiesta oficial duró poco en las redacciones y bastante en las cancillerías.
El problema del Brasil que hereda Lula no es la ceremonia, es la aritmética. Tendrá un Congreso adverso, presiones económicas y un Trump al otro lado del teléfono que no es precisamente su amigo. Ganar por un puñado de votos con medio país en contra no es un mandato, es una hipoteca.
Que el hijo de Bolsonaro pida anular las elecciones no cambiará el resultado, pero dice mucho de cómo se gobierna en la región. Cuando el perdedor no reconoce al ganador y el ganador no tiene mayoría, el que paga la fiesta es el ciudadano de a pie. Brasil no votó para resolver sus problemas, votó para aplazarlos cuatro años más.

