El pasaporte que heredas hasta el abuelo
Italia cortó la línea en el abuelo en 2025. El decreto dejó fuera a miles de descendientes que llevaban años tramitando la ciudadanía por sangre, y de golpe el apellido dejó de valer. Desde entonces medio mundo busca rutas alternativas, y lo que encuentra no es un derecho, es un favor que cada Estado administra a su antojo.
Fuera de Europa el modelo es distinto. Casi todos los países registran al hijo de un ciudadano nacido en el extranjero, pero la cadena se corta ahí y exige que alguien mueva el papeleo a tiempo. Armenia es la excepción más generosa: basta probar el origen armenio, sin residencia ni idioma, aunque un proyecto de ley quiere meter dos años de residencia desde 2028. Chile llega al nieto, algo que ningún otro país latinoamericano permite por ley.
El truco está en cómo se prueba la sangre. En Armenia vale un certificado de bautismo de una iglesia armenia legalizado por la embajada, y el reconocimiento llega como mucho al abuelo o al hermano. Una reclamación apoyada solo en un bisabuelo no tiene ruta por ningún lado. La patria te reclama por el apellido, pero solo si el apellido está a una o dos generaciones de distancia.
Latinoamérica juega a una sola generación. México, Brasil, Colombia y Perú registran al hijo de un ciudadano nacido fuera, y Argentina ni siquiera registra: deja que el hijo elija la nacionalidad en un consulado si le conviene. El punto es el mismo en todos los casos. Si el padre o la madre nunca movió el papel cuando tocaba, el nieto se queda mirando la puerta.
Todo esto confirma lo que cualquiera que haya lidiado con un consulado sospechaba. Tu pasaporte no es tuyo, es un contrato que el Estado reescribe cuando le apetece, y tu sangre solo cuenta si alguien la certifica con un sello. Cuando ese mismo aparato recorta el derecho por decreto y con efecto retroactivo, queda claro lo que valía la promesa.

