Francia solo cambia de bolsillo al que mete mano
Le Pen promete cargarse el impuesto sobre el patrimonio inmobiliario y sustituirlo por un gravamen sobre la riqueza financiera, y la jugada se vende como un alivio para el propietario de a pie. En Francia eso tiene nombre: el IFI, el impuesto que grava el ladrillo por encima de 1,3 millones de euros netos y que en 2024 recaudó unos 2.200 millones de 186.000 hogares. Antes existía el viejo ISF, que tocaba todo el patrimonio y en 2017 ingresaba 4.200 millones hasta que Macron lo recortó.
La propuesta de Le Pen mueve la diana del inmueble al dinero. Dicen que así se incentiva el ahorro productivo y no la especulación con pisos. Suena razonable en un mitin, y es exactamente lo que llevan décadas repitiendo todos: cambia la base, cambia el tipo, cambia el nombre, pero la mano en tu cartera sigue ahí.
Lo importante no es qué patrimonio grava, sino cuánto te deja quedarte. Un impuesto sobre el patrimonio es un impuesto sobre algo que ya pagaste con dinero que ya tributó. Castigar el ahorro para premiar la inversión es elegir ganadores desde un despacho, y los políticos no son buenos ni eligiendo el menú del comedor.
Que Le Pen quiera tocar el sistema no la convierte en liberal. Ni ella ni el resto. Todos juegan el mismo partido: repartir lo que no es suyo y llamarlo justicia. La única diferencia es a quién le toca pagar la fiesta este año.
Cuando un político promete quitarte un impuesto, aguanta la respiración y busca el otro. Nunca desaparece, solo cambia de bolsillo. Y el bolsillo, al final, siempre es el tuyo.

