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La nueva pulsera de Google es solo el anzuelo

El 12 de octubre Google enseñará su nueva pulsera, la Fitbit Edge, y la compañía ya ha soltado el teaser para que nadie se despiste. El cacharro en sí no tiene mucho misterio: pantalla, notificaciones, GPS, altímetro, batería de hasta siete días y soporte tanto en Android como en iOS, según las filtraciones. Colores a juego con la gama Pixel y un precio que rondaría los 150 a 200 dólares.

Hasta ahí, una pulsera más. Lo interesante viene después, cuando Google te empuja a su suscripción Google Health Premium para sacarle partido de verdad a los datos. Ese es el negocio: el aparato es barato porque el aparato no es el producto. El producto eres tú, tu ritmo cardiaco y tu sueño, metidos en una nube que no controlas y a la que pagas todos los meses por mirarla.

Es el mismo truco que ya usan los coches con el asiento calefactable de pago y las impresoras que te venden la tinta por suscripción. Te regalan el hierro y te cobran el aire. Y si un día dejas de pagar, el cacharro sigue en tu muñeca, pero se queda tonto.

Nadie discute que medir los pasos esté mal. El problema es el modelo: compras algo y, de repente, no es tuyo del todo. Es un alquiler disfrazado de compra, con contrato eterno y subida de precio cuando les convenga.

Así que el 12 de octubre, cuando veas la pulsera brillando en la pantalla, mira el precio del aparato y luego busca el precio del abono. Ese segundo número es el que importa, porque es el que vas a pagar durante los próximos años.