Lagarde deja el BCE y se asoma al lío francés
Christine Lagarde anunció que deja la presidencia del Banco Central Europeo el 7 de febrero de 2027, casi nueve meses antes de que termine su mandato. Se lo comunicó el jueves al consejo de gobierno del BCE y al presidente del Consejo Europeo, António Costa, en plena precampaña de las presidenciales francesas. El banco confirmó la salida con un comunicado y una larga ovación de despedida.
La excusa oficial es que quiere volver a casa. Según Reuters, deja el cargo para meter su voz en el bloqueo político francés, con la calle revuelta por el estado de los servicios públicos. Macron se va en 2027 y Le Pen, con su Reagrupamiento Nacional, intenta capitalizar el cabreo general. Lagarde, exministra de Economía en París, sabe perfectamente lo que se cuece ahí.
El calendario no es casual. Al irse en febrero, deja a Macron y compañía casi un año para elegir sucesor antes de que voten los franceses, y evita que la decisión caiga en manos de un gobierno que podría ser de la oposición. El nuevo presidente del BCE lo nombra el Consejo Europeo según el artículo 283 del tratado, y los nombres que suenan son Klaas Knot, holandés y duro con la inflación, y Pablo Hernández de Cos, español y más blando.
El trasfondo es un banco central diseñado para no depender de las urnas y que en la práctica lleva años metido hasta el cuello en la política de media Europa. Lagarde se cuidó en septiembre de decir que no era candidata a nada y que se iría en 2027, sin más. Cinco semanas después anuncia que se va siete meses antes. En Bruselas eso no se llama cambio de opinión, se llama hueco y oportunidad.
Los mercados ya lo notaron. El diferencial entre la deuda francesa y la alemana está en su nivel más alto desde 2011, que es la forma elegante de decir que nadie se cree que Francia vaya a pagar sus cuentas sin sustos. Lagarde se va con aplausos a un país donde la deuda crece, la calle arde y la extrema derecha espera su turno. Ella quería influir en el debate. El debate, visto lo visto, no necesitaba que viniera nadie de Frankfurt a arreglarlo.

