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Un espía escondido en la oficina de OpenAI

Un ingeniero de OpenAI escondió un grabador casero en una sala de conferencias, tapado con papel higiénico y enchufado detrás de un televisor. Lo encontraron el 30 de setiembre y la empresa tardó un par de días en entender qué era. Abdulrahman Alfozan, 35 años, saudí, en la plantilla desde julio de 2025, está acusado de intentar grabar conversaciones internas sobre la hoja de ruta de producto, investigación y relación con el gobierno.

La historia tiene una parte que hace gracia y otra que no. La que hace gracia es que OpenAI usó sus propios modelos para deducir qué era el aparato y quién lo había puesto. La empresa que vende inteligencia artificial la aplicó a un grabador metido en una sala a escondidas. Si eso no es publicidad gratis, no sé qué lo es.

La que no hace gracia es que los investigadores encontraron en una cuenta de chatbot vinculada a su esposa prompts pidiendo cómo “construir un grabador de audio continuo” y cómo “cifrar la tarjeta SD”. El manual del espía lo escribió el mismo chatbot que ahora todos usamos para resumir correos. La herramienta es la misma, el uso lo decide el que la tiene delante.

El 5 de octubre Alfozan dejó olvidada una bolsa con su cartera, su documento y un segundo grabador. A veces el mejor sistema de seguridad es que el espía sea un desastre. Ahora enfrenta hasta cinco años de cárcel, 250.000 dólares de multa y tres años de libertad vigilada. Lo pilló un televisor con puerto USB.

La moraleja es incómoda para todos: si una empresa que vive de la inteligencia artificial no detectó durante días un aparato envuelto en papel higiénico, imagina el resto. La próxima vez que alguien te venda seguridad total, pregúntale cuándo fue la última vez que alguien revisó la parte de atrás de su tele.