El nirvana americano se apaga
“Estados Unidos era el nirvana”, dice un consultor que ahora asesora a americanos que quieren irse. Calvin Mazlumyan lleva años ayudando a familias a mudarse de país y lo resume sin adornos: el sueño se pinchó. La política, la economía y las restricciones que dejó la pandemia empujaron a cada vez más estadounidenses a mirar el mapa con otras intenciones.
Lo más revelador no es que se vayan. Es lo que teme un profesional del sector cuando le preguntan cuál es su mayor preocupación. Su respuesta: que los gobiernos cambien las reglas de residencia, ciudadanía e inversión de un día para otro. No la competencia, no los clientes, no la tecnología. El Estado moviendo el arco mientras el partido está en juego.
Ahí está el verdadero negocio de la migración por inversión: la incertidumbre política hecha servicio. Hoy un país te ofrece residencia por un depósito, mañana te duplica el impuesto, te cierra el programa o te exige una residencia efectiva que antes no pedía. El que ya pagó se queda mirando cómo su plan B se convierte en un problema nuevo.
Mazlumyan, formado en ciencias políticas, menciona el shock del año: la guerra de Irán y sus efectos de largo plazo. Cuando el mundo se pone feo, los que pueden permitirse un pasaporte de repuesto lo compran y los que no, se aguantan. La libertad de moverse se ha convertido en otro lujo para quien tiene con qué.
Y hay algo más incómodo en todo esto. Durante décadas, medio mundo quiso entrar a Estados Unidos y los americanos no entendían por qué alguien querría salir. Ahora son ellos los que miran las puertas de salida. El nirvana no se apagó por casualidad: lo apagaron los que prometían cuidarlo.

