Libertad

Ahora la residencia se vende con piscina

El pasaporte ya no se pide, se compra. Y si además trae piscina y vistas al mar, mejor. Un catálogo inmobiliario reparte por medio mundo cinco casas donde el requisito no es tener una razón para vivir allí, sino dinero suficiente para que te dejen. El invierno se convierte en dirección postal y la residencia, en un accesorio más de la propiedad.

La lista va de menos a más. Un piso en Yeda, en Arabia Saudí, con dos habitaciones desde 875.100 dólares, aunque el permiso solo aplica a las unidades terminadas que superen el millón cien. Una villa en Mauricio, construida sobre pilotes en el acantilado, por 1.010.000, con residencia permanente incluida. Y en Dubái, una casa junto a la laguna de DAMAC por 1.050.000, que sirve para un visado dorado de diez años.

Los dos últimos ya juegan en otra liga. Las villas tailandesas cerca del puerto de Ao Po arrancan en 2.240.055 dólares y piden al comprador un patrimonio global superior al millón para darle diez años de residencia. Y el apartamento de Ras Al Khaimah, con vista al Golfo y al futuro casino de Wynn, se va a 5.250.000. Cada casa lleva detrás un programa con nombre bonito y un país dispuesto a vender lo que antes se ganaba viviendo.

La trampa está en el detalle. Ese residente nuevo no cotiza, no espera turno ni hace cola en el consulado. Entra por la puerta rápida que el mismo Estado le cierra al que llega con una mochila y ganas de trabajar. Los países que se llenan la boca hablando de fronteras ordenadas abren la suya de par en par cuando el cheque ya está firmado. Residencia de primera para el capital, controles de siempre para el resto.

Llamarlo libertad de movimiento suena bien en un folleto. En la práctica es un mercado donde los gobiernos subastan permisos de residencia al mejor postor y lo presentan como una reforma de vanguardia. El que puede, compra el derecho a irse. El que no, se queda pagando los impuestos que financian el escaparate.