Maduro ahora también responde por tortura
Estados Unidos sumó cargos por conspiración para cometer tortura contra Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores, además del narcotráfico que ya les imputaba. La nueva acusación sostiene que usaron la tortura para aferrarse al poder en Venezuela. Al expediente de narcos se le agregó el de verdugos.
El texto judicial describe métodos de manual. Un militar sospechoso de conspirar en 2013 fue interrogado por la contrainteligencia mientras lo electrocutaban unas veinte veces con un alambre y lo colgaban de pies y manos. Entre las víctimas figuran tres ciudadanos estadounidenses: a uno lo obligaron a comer su propio vómito durante ocho meses de encierro; a otro le metieron un arma en la boca y lo golpearon hasta mandarlo al hospital; al tercero lo tuvieron encapuchado y golpeándolo cada media hora durante dos días, con daño permanente en un ojo.
Maduro, de 63 años, y Flores, de 69, están presos en Nueva York desde enero, cuando fuerzas de Estados Unidos los sacaron de su casa en Caracas en una redada nocturna. Los dos se declararon inocentes y su defensa pidió anular el caso alegando inmunidad como jefe de Estado extranjero. A Flores le negaron el arresto domiciliario pese a sus problemas de corazón. El juicio quedó para junio de 2027 y ya enfrentan cadena perpetua si los condenan.
Acá conviene no perder la cabeza. Que Maduro sea un torturador no convierte a Washington en un juez limpio. El mismo país que ahora escribe capítulos de derechos humanos contra un dictador invade, bombardea y tuvo sus propios centros de detención con métodos parecidos. Que el acusado sea un represor no absuelve al que aplica la ley solo cuando le conviene.
Al final, los dictadores que se creen dueños de un país suelen terminar esposados por otro que se cree dueño del mundo. En esa pelea nadie está defendiendo al venezolano de a pie. Ese sigue pagando la fiesta, con o sin Maduro esposado.

