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Bolsonaro sin Bolsonaro le ganó a Lula

Flávio Bolsonaro sacó 47% de los votos frente al 45% de Lula, con 56 millones de sufragios, en la primera vuelta del domingo. El senador de 45 años y heredero del apellido encara la segunda vuelta del 25 de octubre en posición de fuerza.

Lo llamativo no es que ganara. Es que ganó con su padre en prisión domiciliaria, condenado a 27 años por el intento de golpe tras las elecciones de 2022, sin derechos políticos y sin aparecer en público. El nombre Bolsonaro pesa más que la persona que lo lleva.

Flávio se impuso en los tres estados con más electores del país: São Paulo, Río de Janeiro y Minas Gerais. Y superó a su propio padre, porque obtuvo más votos que Jair en las primeras vueltas de 2018 y 2022. El politólogo Marcio Malta lo dice sin adornos: el apellido sigue teniendo peso aunque el patriarca esté encerrado.

La ola no se quedó en la papeleta presidencial. El Partido Liberal casi duplicó sus escaños en el Senado, donde se hizo con 19 de las 54 bancas en juego, y fue la fuerza más votada en la Cámara de Diputados con al menos 85 de los 513 asientos. Michelle Bolsonaro y otros dos hijos de Jair también se sentarán en el Congreso.

Ahí está la jugada de verdad. Con esa correlación de fuerzas, la derecha puede aprobar la ley de amnistía que Flávio prometió para sacar a su padre de la prisión domiciliaria y cubrir a cientos de condenados por el asalto a las sedes del poder en Brasilia en enero de 2023.

Y hay un número que hace ruido: destituir a un juez del Supremo exige 54 de los 81 votos del Senado. La coalición conservadora ronda los 50. Se acerca al umbral que nunca se ha usado en la historia del país, y varios senadores ya han convertido el juicio político contra Alexandre de Moraes, el magistrado que condenó a Jair, en parte de su programa.

Las encuestas y buena parte de la prensa dieron por muerto al bolsonarismo hace años. El tribunal condenó al patriarca, la cárcel lo encerró y su nombre desapareció de la papeleta. Y aun así su hijo llega a la segunda vuelta con ventaja. Cuando la política se empeña en enterrar a alguien antes de tiempo, el electorado suele encargarse de desmentirla.