Libertad

Un pasaporte no es un contrato de alquiler

Vanuatu dijo primero que le quitaba el pasaporte a Andrew Tate y después admitió que no lo había hecho. Un portavoz del gobierno habló de revocación; la Oficina de Ciudadanía salió a aclarar que la comisión no había decidido nada y que Tate sigue siendo ciudadano. Dos versiones del mismo Estado en cuestión de días.

A algunos les parecerá otro enredo del personaje de moda. Para IMI Daily, que cubre el sector, el caso destapa algo más grande: un país no puede dejar al mundo sin saber si uno de sus ciudadanos lo es todavía. Eso no es un problema de comunicación, es un problema de soberanía. Si el Estado no sabe explicar su propia ley, ¿quién la va a respetar?

La ciudadanía no es un contrato de alquiler. No es una suscripción que un día aparece segura y al otro tambalea porque su dueño se volvió incómodo. Cuando un país concede la nacionalidad bajo sus normas, crea un vínculo legal real, sea por nacimiento, por descendencia, por matrimonio, por residencia o por inversión. Un pasaporte es un documento; la ciudadanía es la promesa que va detrás.

Eso no significa que sea un escudo contra la justicia. No borra deudas, sanciones ni condenas. Pero tampoco puede ocurrir lo contrario: que las acusaciones o los titulares malos reescriban hacia atrás si la ciudadanía nunca fue real. Vanuatu publica sus causales de revocación: fraude, concesión contraria a la ley, incumplimiento posterior. Son causales legales, no causales de portada.

Si un país vende ciudadanía como producto, tiene que honrarla como compromiso. Lo contrario es ofrecer un documento de viaje con fecha de vencimiento a criterio del gobierno de turno. Y ahí el negocio se cae solo: nadie pone seis cifras por una nacionalidad que se puede cancelar cuando el inquilino da problemas.