Latam

El agua se lleva a dos jóvenes y el Estado mira para otro lado

Rhaynny Rodrigues da Silva Barbosa, de 19 años, y Laura Raianny Pereira da Silva, de 16, murieron arrastradas por la corriente cuando salían de una fiesta en Jundiaí, en el estado de São Paulo. Todo ocurrió en la madrugada del domingo 25 de octubre en la Avenida Manoel Teixeira Cabral, en el barrio Jardim Planalto. Las dos amigas venían de un evento en el Clube Uirapuru y trataron de cruzar la calle inundada.

La ciudad había recibido 80 milímetros de lluvia en doce horas. Con esa cantidad, en cualquier lugar donde los desagües funcionan, las calles se mojan y poco más. En Jundiaí se convirtieron en un río y la corriente se llevó a las dos chicas. Los bomberos fueron llamados a las 4:56 de la mañana, cuando ya no había nada que hacer por la menor.

Rhaynny fue sacada del agua en las inmediaciones del club, en paro cardiorrespiratorio. Los socorristas intentaron reanimarla y la llevaron al Hospital São Vicente de Paulo, donde terminó muriendo. A Laura la encontraron sin vida, atrapada entre piedras en el Córrego Bonifácio, a unos 250 metros del lugar. La policía registró el caso como muerte sospechosa y muerte accidental, la etiqueta de siempre cuando no hay a quién culpar.

La prefectura lamentó las muertes y expresó su solidaridad con las familias. Es la respuesta habitual, sentimos mucho lo ocurrido y no es culpa de nadie. Pero una ciudad donde 80 milímetros de lluvia transforman una avenida en una trampa mortal tiene un problema de obra pública, no de mala suerte. Las alcantarillas que no tragan, los arroyos que nadie limpia y los barrios que crecen sin planificación no son culpa del clima, son culpa del abandono.

Dos familias van a pasar el resto de sus vidas preguntándose si su hija podría seguir viva. Y la respuesta, aunque nadie la diga en voz alta, es que probablemente sí. No por un milagro ni por un cambio en el clima, sino porque alguien tendría que haber hecho su trabajo hace años y no lo hizo.