Oregón cuenta cinco muertos y tres son niños
Cinco personas muertas, y al menos tres eran niños. Un hombre abrió fuego el jueves en la escuela primaria Silver Rail, en Bend, Oregón, y dejó un reguero de víctimas que incluye menores. El atacante murió también, según la policía, aunque el viernes seguía sin estar claro quién lo abatió: un agente, un transeúnte o él mismo.
Los primeros llamados llegaron poco antes de la una de la tarde. Alguien había disparado contra un auto afuera de la escuela. Minutos después, otros llamados avisaron que el hombre había entrado al edificio y seguía disparando. Los policías llegaron a la 1:02 y segundos después reportaron que el sospechoso estaba en el suelo.
Silver Rail tiene unos 459 alumnos, de kindergarten a quinto grado. Niños de cinco a once años. La escuela sirve a una ciudad de cien mil habitantes en el centro de Oregón, a más de 160 kilómetros de Portland, donde este tipo de noticia se supone que no pasa.
Los vecinos lo escucharon todo. Erin Johnson, que estaba de visita en la casa de sus padres al lado de la escuela, contó que oyó lo que creyó que eran disparos, y después los gritos de su vecina, cuyos hijos van a ese colegio. Son bebés, dijo. Tenía razón.
Las autoridades reunieron a los padres en una iglesia cercana para la operación de reencuentro. Ese es el protocolo que un país rico ha convertido en rutina: primero el tiroteo, después las pulseras de identificación y las salas de espera. El Estado siempre llega a tiempo para contar los muertos, nunca antes para evitarlos.
Cinco muertos, tres niños, una ciudad pequeña que el viernes amanece con banderas a media asta. Y una clase política que, otra vez, ofrecerá pensamientos y plegarias en lugar de respuestas. La moraleja es la misma de siempre: cuando la seguridad de los niños depende de la suerte de quién esté cerca, el sistema ya falló.

