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Rusia detiene a un periodista japonés y apunta al canje

El FSB detuvo a un periodista del diario japonés Hokkaido Shimbun en la región de Sajalín, en el extremo oriente ruso, justo el día antes de que tuviera previsto salir del país. La acusación es la de siempre: recoger información sobre la capacidad de defensa rusa para un servicio de inteligencia de Japón. Lo trasladaron a Moscú, lo metieron en una jaula y un juez le dio dos meses de prisión preventiva.

El montaje para la televisión estatal siguió el libreto conocido: tres agentes enmascarados reduciendo a un hombre en el suelo, el traslado al avión, la imagen del detenido en la pecera del tribunal. Rusia no necesita pruebas cuando tiene una cámara. El delito real del periodista fue estar donde Moscú decidió que no debía estar, y el momento lo confirma: la detención llega semanas después de que Putin visitara las islas Kuriles, el archipiélago en disputa con Japón desde que acabó la Segunda Guerra Mundial y sobre el que ninguna de las dos partes firmó nunca un tratado de paz.

La primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, llamó a aquella visita absolutamente inaceptable, y Moscú respondió convocando al embajador de Japón para recordarle que su soberanía sobre las Kuriles del sur es intocable. Cuando el argumento no aguanta, se detiene a alguien que lo pueda contar. Es el manual que Rusia ya aplicó con Evan Gershkovich, condenado a dieciséis años y liberado en un canje en agosto de 2024.

Conviene decir la verdad incómoda para los dos bandos: a Moscú le sirve tener extranjeros en la cárcel como moneda de cambio, y a varias cancillerías occidentales les sirve tener detenidos con los que llenar titulares sobre la barbarie del otro. El periodista japonés no es el protagonista de nada de esto. Es el precio que alguien decidió pagar sin preguntarle.