Latam

Atacama floreció sin pedir permiso

Unos 17.000 kilómetros cuadrados del desierto de Atacama amanecieron cubiertos de flores, algo que no se veía con esta intensidad desde 1997. El llamado desierto florido volvió este año y lo hizo a lo grande: las lluvias de julio y agosto, tras un Súper El Niño, despertaron el suelo más árido de Chile.

La cifra la maneja la Corporación Nacional Forestal, Conaf. En algunas zonas cayeron entre 160 y 190 milímetros de agua, un volumen que no se registraba desde la década de 1950. Para un lugar que recibe unos 15 milímetros al año, eso es una inundación disfrazada de milagro. Y de hecho lo fue a medias: las mismas lluvias provocaron inundaciones y daños en varias regiones del país.

Lo interesante es lo que estaba debajo de la tierra. Semillas, bulbos y tubérculos que llevaban décadas esperando, más huevos de invertebrados y reptiles. César Pizarro, jefe de Conservación de la Biodiversidad de Conaf, lo llama germoplasma: material biológico dormido que se activa solo cuando el clima da la señal. Hay cerros que no veían una flor en más de 30 o 40 años.

El resultado es un paisaje imposible: ñañucas rojas y amarillas, roca purslane morada, suspiros blancos, terciopelos naranjas y garra de león. Todo eso sin que ningún ministerio lo plantara, sin presupuesto, sin plan quinquenal. La naturaleza llevaba el plan guardado desde hace medio siglo y lo ejecutó cuando le tocó.

Vale la pena recordarlo la próxima vez que alguien nos venda la idea de que el planeta necesita que lo administremos desde un escritorio. Atacama no pidió permiso para florecer. Simplemente esperó su turno.