La Gran Estafa Ucraniana: Cómo Occidente Fabricó una Guerra
¿Querés saber por qué en 2022 Putin entró en Ucrania? No te creas el cuentito infantil de los noticieros occidentales. No fue un capricho, no fue “el nuevo Hitler”, no fue el loco del Kremlin. Fue una jugada largamente cocinada, una olla podrida que lleva hirviendo desde hace décadas. Y los chefs de esta sopa venenosa tienen nombre: OTAN, EE. UU., Unión Europea. Vamos al principio, porque todo esto apesta desde mucho antes del primer disparo.
Años 2000. Ucrania, tras la caída de la URSS, se declara país independiente y, atención, NEUTRAL. Una bisagra entre Rusia y Occidente. Así lo quiere la mayoría del pueblo ucraniano: ni con unos ni con otros, soberanía y punto.
En 2004 eligen a Víktor Yanukóvich, un presidente con postura neutralista. ¿Qué hace el mundo “democrático”? Le arman una revuelta a medida: la famosa “Revolución Naranja”, financiada por Washington, vendida como una “protesta ciudadana” y amplificada por todos los medios serviles. Una operación quirúrgica: sacar al líder incómodo e instalar títeres dóciles al Imperio.
2010: los ucranianos insisten. Vuelven a votar por Yanukóvich. Tercazo en la cara del globalismo. En 2013, su partido gana también las elecciones legislativas. Pero la presión es implacable: la Unión Europea le pone sobre la mesa un “acuerdo comercial” que, en realidad, es la puerta trasera a la OTAN. Un caramelito envenenado. Yanukóvich duda. ¿Y quién aparece? Putin, con una oferta concreta: 10 mil millones de dólares, gas barato y unión aduanera. Bruselas, en cambio, le pide lo de siempre: reformas neoliberales, privatizaciones, tarifazos del 40% en la energía, destrucción del Estado social.
21 de noviembre de 2013: Yanukóvich congela el acuerdo con la UE. El infierno se desata.
Las plazas se llenan. Otra vez. “Protestas espontáneas”, dicen. Pero ya todos sabemos lo que hay detrás: ONGs financiadas por EE. UU., activistas entrenados en el exterior, agitadores profesionales. Empiezan los choques. Se infiltran grupos armados. La CIA sonríe.
12 de diciembre: Yanukóvich intenta frenar la tormenta. Llama al diálogo. Recibe a la representante de la UE. Está dispuesto a firmar. Putin incluso propone una solución de compromiso: firmar con ambos. Pero ya es tarde. En la plaza hay carne de cañón al servicio de un guion muy preciso. Y el objetivo ya no es Europa. Es la cabeza del presidente.
15 de diciembre: la UE se echa atrás. “Kiev pide demasiado dinero”, dicen. Y estalla el circo. 200.000 personas salen a las calles, guiadas por políticos estadounidenses que no deberían tener ni voz ni voto en otro país soberano: John McCain, Chris Murphy. Debajo del escenario, maquinando entre bastidores, Victoria Nuland, la operadora imperial enviada por Obama y Biden. Una señora con las manos llenas de sangre: Yugoslavia, Irak, Afganistán, Libia, Siria… ahora Ucrania.
En una llamada filtrada —y nunca desmentida— se escucha a la entonces secretaria de Estado adjunta estadounidense, Victoria Nuland, elegir el nuevo gobierno ucraniano junto al embajador Geoffrey Pyatt. Literal. Hablan como capos mafiosos repartiéndose un botín. “Este sí, este no, este es nuestro hombre…”. ¿Y Europa? “Fuck the EU”, dice Nuland con tono imperial. Europa puede irse al carajo. Y así fue.
21 de febrero de 2014: Rusia, Alemania, Francia y Polonia negocian un acuerdo entre el gobierno y la oposición: reforma constitucional, elecciones anticipadas, desescalada. ¿Resultado? Papel higiénico. La ultraderecha en la plaza quiere sangre. Y la va a tener.
Empiezan los francotiradores. Disparan desde edificios ocupados por los “manifestantes pacíficos”. Mueren 107 personas: 90 manifestantes, 17 policías. ¿Culpan al gobierno? Claro. Pero investigaciones serias —del académico Ivan Katchanovski y de la mismísima BBC— confirman que los disparos vinieron de los suyos, para provocar el caos necesario que justificara el golpe.
22 de febrero: Yanukóvich huye para no ser linchado. Al día siguiente, el Parlamento es tomado a la fuerza por la oposición. ¿Y a quién nombran como nuevo Primer Ministro? ¡Sorpresa! Yatseniuk, el mismo “hombre nuestro” que quería Nuland en la llamada. El golpe ya es oficial.
Pero no todos en Ucrania aplauden. El sur y el este, donde vive la mayoría rusófona, grita “¡Golpe de Estado!” y sale a protestar. ¿Qué hace el nuevo gobierno democrático? Les manda el ejército. Empieza la guerra civil.
Muchos soldados ucranianos se niegan a disparar contra sus propios compatriotas. Entonces aparecen los escuadrones de la muerte: milicias pagadas por oligarcas, formadas por neonazis y apadrinadas por la OTAN: batallones Azov, Aidar, Tornado, Donbas. Persiguen, torturan, asesinan. Sindicalistas, periodistas, políticos de izquierda.
Crimea se planta. Su Parlamento proclama la independencia y convoca referéndum. El 96,7% vota por unirse a Rusia. No se dispara un solo tiro. Pero Occidente dice: “Eso no vale”. ¿Por qué? Porque la autodeterminación sólo se permite cuando beneficia a la OTAN.
2 de mayo: en Odessa, 42 personas que protestaban contra el golpe son quemadas vivas en la Casa de los Sindicatos por hordas de ultraderechistas. ¿Juicios? ¿Condenas? Cero.
11 de mayo: Donetsk y Lugansk celebran referéndum. Gana la independencia. Nacen dos repúblicas. Rusia no las reconoce oficialmente, pero las defiende. Kiev responde con más tropas. Occidente comienza a armar y entrenar al ejército ucraniano. La CIA mete mano hasta el fondo. El tablero ya está preparado.
25 de mayo: elecciones para “legalizar” el golpe. Gana Poroshenko, oligarca millonario, dueño de medios, exbanquero, exportador de chocolate. Promete destruir a los rusófonos: “Nuestros hijos irán al colegio, los suyos se esconderán en sótanos”. Timoshenko, su aliada, sueña con “barrer a los malditos moscovitas con armas nucleares”. Literal.
En el gobierno, cuatro ministros neonazis y tres extranjeros puestos por fundaciones de Soros. Se deroga la neutralidad. Se prohíbe el ruso. Se ilegaliza el Partido Comunista. Se firma el acuerdo con la UE. Se pide entrar a la OTAN.
Septiembre 2014: Alemania y Francia logran un acuerdo de paz: Minsk I. Cese al fuego, autonomía para Donetsk y Lugansk. ¿Qué hace Poroshenko? Lo sabotea. Los batallones nazis siguen matando con impunidad.
Balance de 2014 a 2022, según la ONU: 14.400 muertos, 28.000 heridos, 200.000 desplazados. Periodistas asesinados, como el italiano Andrea Rocchelli. Nadie responde.
2015: nuevo intento: Minsk II. Cese al fuego, reformas constitucionales, garantías para el idioma ruso. ¿Resultado? Violado otra vez. Las milicias neonazis chantajean al gobierno y arrastran al país a la guerra perpetua.
2022: se cae la máscara. Merkel confiesa: Minsk fue una trampa. “Una pausa para que Ucrania se arme”, dice. Hollande lo confirma. Poroshenko también. Ocho años de engaño mientras se preparaba la guerra contra Rusia.
Esto no fue una guerra por la democracia. Fue una guerra para expandir el poder de la OTAN, para seguir cercando a Rusia, para satisfacer a los psicópatas del complejo militar-industrial.
Y ahora nos quieren arrastrar a todos al abismo.
Pero aún hay quien no se arrodilla. Aún hay quienes gritan. Aún hay quienes no tragamos la propaganda podrida de los amos del mundo. Porque la libertad no se suplica. Se pelea. Se defiende. Se grita. A puño cerrado y con el corazón encendido.

