Libertad

Antigua vende lujo y pasaportes a China

Antigua y Barbuda quiere vender su pasaporte y sus playas al inversor chino. El embajador del pequeño país caribeño en Pekín, Clement Antonio, lleva desde julio recorriendo conferencias para convencer a las fortunas del gigante asiático de que compren residencia, ciudadanía y villas sobre el agua en una isla de cien mil habitantes.

La relación no es nueva. Antigua y China son amigos desde 1983, y el país fue el primero del Caribe oriental en firmar la Franja y la Ruta en 2018. La estatal China Civil Engineering construyó el aeropuerto en 2015 y ahora vuelve con otro encargo: un resort de 200 millones de dólares en Long Bay, con 113 habitaciones, villas sobre el mar, capilla para bodas y un conserje con inteligencia artificial.

El argumento del embajador es el de siempre: estabilidad. Democracia parlamentaria, derecho anglosajón, inglés como idioma oficial y una moneda anclada al dólar desde 1976. El turismo es el 45% del PIB y en el primer trimestre de 2026 llegaron 110.832 visitantes, el mejor arranque de su historia. La meta no es más gente, dicen, sino gente con más dinero.

Ahí entra el programa de ciudadanía por inversión. Comprar al menos 300.000 dólares en uno de los treinta proyectos aprobados, mantenerlos cinco años y el pasaporte es suyo. Long Bay Zen figura en la lista, con una playa de anidación de tortugas marinas y una planta desalinizadora para que el lujo no ensucie la postal. En julio, una firma autorizada por el gobierno reunió en Guangdong a casi cuatrocientos profesionales para explicar el negocio.

Nada de esto es ilegal, y por eso mismo conviene mirarlo con lupa. Un país pequeño que necesita capital vende lo único que tiene de sobra: soberanía a plazos. El pasaporte se paga, la residencia se compra y el que llega no pregunta quién construyó el aeropuerto. En el Caribe la libertad también tiene precio, y cotiza en dólares.