Europa regala la visa, se queda con la llave
Once de diecisiete países europeos con visa para emprendedores no piden un euro de inversión. En lugar del dinero, exigen que un comité, una incubadora o un avalista dé el visto bueno al proyecto. El capital deja de ser la puerta de entrada y la puerta pasa a ser la opinión de alguien.
El estudio ordena las rutas por capital mínimo y el resultado desarma el relato. Estonia pide 65.000 euros para abrir una empresa por la vía normal y cero por la visa de startup. Bulgaria, la que más exige, marca unos 51.000. Entre medio, once programas decidieron que no hace falta mostrar plata, solo convencer a un panel.
Pero el número de capital engaña. Casi todos añaden un test de fondos personales que va de las 1.270 libras que hay que tener 28 días en el banco en Reino Unido a los 22.404 euros de Francia. Austria es la única que renuncia al test, y a cambio pide 30.000 euros de capital.
El precio de la ruta sin capital es la discreción ajena. Dinamarca limita la suya a 75 permisos al año y los reparte a dedo. Finlandia quiere al menos dos fundadores. El avalista británico cobra mil libras más quinientas por cada reunión de seguimiento. Sin dinero por delante, el que decide es otro.
Y ahora la nacionalidad pesa tanto como el dinero. Italia, Irlanda y Lituania cerraron sus rutas a ciudadanos rusos y bielorrusos. Letonia la limitó en mayo a países de la OCDE y cuatro microestados. Alemania, Suecia y Polonia ni siquiera tienen un camino propio para fundadores.
La conclusión incómoda es que el Estado no compite por talento, compite por control. Deja el umbral en cero, y a cambio se queda con la facultad de decidir quién entra. La visa es gratis. La llave no.

