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Flock Safety echa a 270 y nadie llora

Flock Safety despide a 270 empleados, el 18% de su plantilla, a finales de octubre, tres semanas después de haber abierto un programa de bajas voluntarias para ver si la gente se iba sola. Con 1.500 trabajadores en nómina, la compañía que vendió a medio país cámaras de matrículas con inteligencia artificial descubre ahora lo que ya sabía cualquiera con dos dedos de frente: nadie quiere que le lean la placa mientras va a comprar el pan.

Lo curioso es que el rechazo no viene de un solo bando. Ron DeSantis prohibió las cámaras en las carreteras de Florida diciendo que no quería “un estado de vigilancia”, y Greg Abbott le cortó la financiación estatal en Texas para no perder votos antes de las elecciones de noviembre. Del otro lado, el demócrata Josh Shapiro pide legislar contra ellas y el Departamento de Policía de Los Ángeles ya no renovó su contrato. Cuando DeSantis y Hasan Piker coinciden en algo, más vale escuchar.

Flock montó un negocio precioso: cobrar a municipios por poner ojos en cada esquina y llamarlo seguridad. El problema es que los ojos también vigilan a los que pagan la factura, y esa factura la acabaron pagando con su puesto de trabajo 270 personas que no diseñaron el modelo.

Hay incluso vigilantes que se han hecho virales desmontando las cámaras con el aplauso de los comentarios. La empresa llama a esto “retroceso”; se entiende mejor como un mercado devolviendo el producto defectuoso.

Que una empresa de vigilancia tenga que vigilar ahora su propio puesto de trabajo es la ironía más limpia del año. Y la moraleja es la de siempre: cuando alguien te vende ojos para que nadie te vea, tarde o temprano esos ojos se giran contra quien los compró.