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La tierra no pidió permiso en Panamá

Un terremoto de magnitud 7,7 sacudió Panamá el viernes a las 12:56 de la tarde, con epicentro a unos diez kilómetros de Pitaloza Arriba, en la provincia central de Herrera, y a diez kilómetros de profundidad. El Servicio Geológico de Estados Unidos calculó primero 8, luego lo bajó a 7,6 y finalmente lo dejó en 7,7. Se sintió hasta en Colombia.

En Penonomé, a unos 150 kilómetros de la capital, la catedral del casco antiguo se agrietó y sufrió un derrumbe parcial. También quedaron dañados el edificio de la gobernación y el hotel Dos Continentes. Una persona resultó herida por escombros de una estructura que se vino abajo a medias. No hubo que lamentar muertos al cierre de esta edición.

El susto fue continental: se activaron alertas de tsunami en varias costas del Pacífico y horas después llegó una réplica de 6,6. El Salvador y Chile cancelaron la amenaza de oleaje. El presidente José Raúl Mulino pidió calma en X y avisó de que lo ocurrido no debe usarse para causar alarma ni desorden. Hasta la casa del expresidente Ricardo Martinelli se desplomó, aunque él mismo aclaró que solo fueron pérdidas materiales.

Dos cosas quedan claras. La primera, que la tierra no avisa y ningún gobierno puede impedir que se mueva. La segunda, que la respuesta del Estado llega siempre después del desastre, cuando ya está todo roto. De momento descartan pedir ayuda internacional, lo cual está bien: mejor no depender de nadie para levantar lo propio.

Cuando pasen las réplicas y las cámaras, empezará la reconstrucción. Ahí es donde se ve de verdad para qué sirve un gobierno: si para levantar casas o para repartir contratos. La tierra no pidió permiso, pero los de siempre van a cobrar el peaje.